CARTA DE MIGUEL OSCAR MENASSA
19/9/11
Sr. Juan Fernández Montoya:
Ayer fuimos con el Ángel Gitano y la familia a ver bailar a Farruquito y compañía.
Fue una experiencia lindando con lo sublime. Los taconeos, saltos y, por qué no, alguna pirueta muy varoniles pero amables, amorosos, bien alejados del machismo que le atribuyen algunos medios de difusión.
Cuando le tocaba enfrentarse al público, primero lo hacía con una cara fiera, de acero, mirada penetrante y luego sonreía y se tocaba el corazón, por las dudas alguien llegara a pensar que no estaba emocionado.
No sólo estaba emocionado sino que se ocupaba de sí mismo (lógico) pero además de todos sus compañeros.
Su amor llenó el escenario y cada uno de los participantes en el espectáculo, incluyendo luces, sonido y demás, tuvieron un lugar en su corazón.
Me gustó todo, debo decirlo, me gustó todo. En ciertos momentos me sentía formando parte del espectáculo. Gracias Farruquito, es usted un genio, un verdadero genio.
Sus movimientos encendían luces en el público, una magia de la cual fueron capaces los grandes genios de la humanidad.
Gracias por existir.
Miguel Oscar Menassa
Candidato al Premio Nobel de Literatura 2010
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FARRUQUITO
PURO FLAMENCO
Sin compasión, sin ningún perdón, sin más vanidad que la del flamenco, el arte, la poesía, un vendaval de pureza sincrónico, lanza su civilización de sangre para los endemoniados.
Carne su rumor de enloquecidos pasos, movimientos atávicos en la garganta y un lejano encuentro con la geografía del saber.
La raíz está en los movimientos, soles que calientan otros soles, en el horizonte, desprevenidos y castigados, un canto para los gustos infinitos de las herrerías y de las rosas.
Entre montañas, no tardará en rebosar al asiento delantero de la vida, orquídeas infinitas que nos embelesan en esas frías veladas en que estábamos muertos.
Un hombre y un violín danzando la estirpe de la aurora, caen sencillamente sobre el rumbo campeón de la alegoría, de la firmeza blanca con que se entremezclan los alientos de un público cortado de emoción, en sensaciones despiadadas.
Las alegrías abrieron un camino al sol, con gustosas actitudes girando sobre nuestra propia y a veces desperdiciada, alegría, deshuesando el encuentro con la nada, esa pasión incontenible en los versos de un cuerpo infinito de amapola. El piano resopla las magnitudes de esta dimensión, casi terrenal, del bailaor. La guitarra compone un escenario de cantares y de pájaros. El bordado del cuadro son sus ojos, tras la cortina inaudita de la noche que le pertenece. La Soleá nos trajo el pasado, los recuerdos de la tierra que lo amamantó y lo dispuso para brillar: ¡serás esto que bailo! Farruca en su cantar el paso bello del los rostros con que el aire se nos presenta y enamora. Y una más contada Bulería en que las paredes del alama resbalan los últimos momentos de condescendencia con los cuerpos crispados de las estrellas que, caen amargamente sobre el escenario, soñando una vez más, poseerlo. Buen cerrojo, sutiles Seguiriyas, elegantes sevillanas con el sello de la verdad y esa fiesta de luna que alumbra a los gitanos en su inmensa gloria.
Todos dispuestos a llorar, a crecer en esa masacre de los sentidos en la que pieles y carnes desesperan de amor, saltan al compás de los corazones que ya antes del comienzo latían al ritmo de la raza. Hecha por Dios.
Señoras y señores, con ustedes el príncipe flamenco, el puro aliento de la carne en esta masacre que es la vida, el canal hacia lo primigenio que incluye la barbaridad, la mezcla de espejismos y de oasis, en una madreselva infinita de sabiduría, de arte a medida, arte de autor, arte hecho hombre… ¡Un inmenso ole en las alturas!
Virginia Valdominos
19 de septiembre de 2011